lunes, 20 de julio de 2015

Viajar por Colombia | La Guajira Colombiana, un lugar para soñar


El viento que sopla fuerte en La Guajira ondea la manta verde limón, larga y holgada, que luce Mayulis Epiayo.
Descalza. La cabeza cubierta con un pañolón fucsia para protegerse de un sol que encandila un cielo despejado y que lo calienta todo, como un horno. La temperatura: 42 °C. Pero hay viento. Mucho. Es como si todo el viento del mundo naciera aquí, donde comienza el extremo norte de Colombia y del continente, en una de las regiones más bellas y turísticas del país, dueña de paisajes únicos en los que el desierto se funde con el mar.

Mayulis es la primera anfitriona de este viaje y nos recibe en su ranchería, a 15 minutos de Riohacha, capital del departamento. Se llama Saa’n Wayú y traduce, en la lengua de su pueblo, Espíritu wayú. La ranchería fue adaptada para recibir turistas, a quienes les comparte sobre la cultura de su etnia: les narra que este es un territorio sagrado, les habla de la energía de los árboles, del poder de la palabra y de los sueños. Sueños que auguran dichas y desventuras. Cuenta que esa energía sobrecogedora que se percibe la brindan los espíritus de sus ancestros. (Vea en imágenes: La Guajira: destino salvaje de desierto y mar)
Llega una familia: el papá, la mamá y una niña de 4 años. Mayulis los recibe en una enramada y los acomoda en los chinchorros de colores que ella y su mamá tejen. Le maquilla la cara a la mamá –un sol que nace desde la nariz–, la forra con una manta y la invita a bailar. El parejo es un pariente suyo, cubierto apenas por un taparrabo y un sombrero.
El tour incluye una visita al río Ranchería, que pasa por allí. Pero cuando llegamos no hay agua, solo una cuenca honda. El río está seco. Hace dos años que no llueve. El intenso verano que tiene azotada a esta región ha vaciado varios ríos, pozos y reservorios de agua, como se ha informado en las noticias. Pero ella tranquiliza a los visitantes:
“No les va a faltar nada, van a tener lo necesario para disfrutar de la belleza y la magia de La Guajira”. Esa aclaración también la hace Katherine Iguarán, directora de Turismo de La Guajira, quien explica que los servicios de hospedaje en posadas wayú, los hoteles de Riohacha, las agencias de viajes, restaurantes y transportadores trabajan de manera articulada.
Mayulis agradece la visita. El turismo, dice, se ha convertido en una importante fuente de ingresos para su comunidad. “No dejen de visitarnos”, sigue la mujer, recordando ese compromiso que debe ser ley de todo viajero: hacer algo por la gente que vive en los destinos por donde pasa.
Comienza la travesía
Después de visitar la ranchería de Mayulis –tras un vuelo de una hora desde Bogotá hasta Riohacha– salimos hacia el Cabo de la Vela en una camioneta 4x4, necesaria para el terreno. No hay carretera. Solo arena, piedras, bosques de cactus secos, chivos, burros. Nos lleva ‘Papi’, un baquiano que se conoce todos los vericuetos del desierto. ‘Papi’ se llama Juan Carlos Sierra. Nos guía Andrés Delgado, director de la agencia Kaishi Travel, quien explica que este viaje es mejor hacerlo por medio de una agencia y con un conductor como ‘Papi’. No es recomendable irse en carro, por cuenta propia. Uno mira el desierto infinito y comprende que sería muy fácil perderse. Y el único transporte público son unas camionetas que salen a la madrugada y que pasan de ranchería en ranchería, lo que no resulta cómodo para los turistas.
Pasamos por Uribia y visitamos la tienda de artesanías de Sara Gómez, que trabaja de la mano con mujeres wayú cabeza de hogar. Ideal para comprar las famosas mochilas wayú a muy buenos precios. Bordeamos las salinas de Manaure, con esos morros de sal que parecen nieve.
Cae la tarde. Dos horas y media de recorrido y llegamos al Cabo de la Vela, a la ranchería de Aarón Laguna, convertida en posada turística. Se llama Apalanchi, que en wayuunaiki significa pescador. Las habitaciones son sencillas pero cómodas: una cama limpia con un buen colchón, un baño. No hay energía eléctrica, solo la que encienden las plantas de gasolina desde las 6 de la tarde y hasta las 12 de la noche.
La comida es un pargo rojo frito, tostado, sabroso, con patacones. Vale aclarar que aquí, donde comienza la alta Guajira, no hay grandes desarrollos turísticos ni hoteles sofisticados. Este es un territorio indígena sagrado, intocable. Solo hay posadas como Apalanchi, donde también se consiguen bebidas frías y donde una noche de hospedaje cuesta desde 30 mil pesos. Aquí, el lujo es el privilegio de conocer el patrimonio natural. La Guajira es de esos destinos donde hay que adaptarse a las condiciones naturales, sin que eso signifique pasar incomodidades.
Es de noche y el mar, al frente, ruge fuerte. El viento se cuela por las tablas de madera de la habitación. No es necesario un ventilador. En los baños siempre hay agua, no apta para el consumo, pero se invita a los visitantes a hacer un uso moderado.

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